Marcos Miranda

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LA INVENCIÓN DE MARCOS MIRANDA

De acuerdo con Sigmund Freud en el niño deben buscarse “las primeras huellas de la actividad imaginativa. La ocupación más querida y absorbente es el juego. Tal vez podríamos decir que cada niño al jugar se comporta como un escritor imaginativo, en el sentido de que crea un mundo propio, o más certeramente, rearregla las cosas en su mundo y las ordena de una manera nueva”.
Al escuchar este vasto ejercicio de imaginación denominado Exilio y las voces del soliloquio podemos decir, de entrada, que Marcos Miranda se comporta como un niño y que, a través de sus juguetes –sus instrumentos, que en ocasiones también incluyen juguetes–, ha rearreglado su mundo sonoro, su mundo interior. Y contra las reglas, que suelen invitar a ser cauto, ofrece su mundo a quien no tenga prejuicios para aprehenderlo con él y reconocerse en sus soliloquios.
Miranda nos ha maravillado con una obra discografía vasta, en cuanto a número de grabaciones editadas, pero más que nada por la riqueza sonora y temática que en ellas se encuentra. Si en algunos discos explora el dueto con diferentes instrumentos e instrumentistas, en otros coloca a la kalimba o al salterio como voces protagónicas. En ocasiones ejerce el free jazz, pero también aborda el lenguaje del blues, el jazz tradicional, la música devocional o los ritmos ancestrales. Esto lo convierte en una rara avis en el panorama jazzístico de México e incluso del mundo. 




 

Ahora Miranda muestra su alma al desnudo con un arsenal de instrumentos dirigidos a un proyecto tan personal como temerario. Y al decir personal no me refiere exclusivamente a que es un proyecto protagonizado exclusivamente por él –lo que en sí lo vuelve único–, sino que ha elegido un vasto espacio de geografías sonoras y de instrumentos que tienen que ver con su deseo de explorar su mundo interior y exterior.
Su forma abierta de abordar la música nos remite a las parábolas de la sabiduría sufi en El canto del derviche de Yamal Od-din Rumi, específicamente al poema “Nombres”. Escribe el poeta: “El árbol que andas buscando a veces se llama sol / o también lago, o nube. / Pero también puedes llamarlo mar, arena o viento. / En cada uno de ellos encuentras el árbol de la vida. / Lo que te ha engendrado está producido por otro, / y así sucesivamente. / Lo que tú llamas padre, para otro es hijo. / Si te atienes a los nombres pierdes de vista el Uno. / Los nombres son muchos, mientras que el Uno es único. / Ese es el árbol que estás buscando. / Te has tomado tu misión al pie de la letra, / por eso has fracasado. / Así fue como descubrió las raíces del árbol, / buscando en su propio corazón”.
Exilio y las voces del soliloquio es un frondoso árbol de la vida que se ha nutrido de varias vertientes, y en sus tallos, raíces, hojas y frutos corre una sola savia gestada por muchas músicas y muchos músicos (por no hablar de sus relaciones con otras artes y, en general, con la experiencia de vida). Si atendemos a los nombres y denominamos a este árbol música étnica, jazz, avant garde, free music, música devocional o lo que sea, perderemos de vista la unicidad de su propuesta. Porque Exilio y las voces del soliloquio es el discurso vivencial de alguien que hace de la música sin ataduras y sin nombres un medio de expresión libre.
Exilio y las voces del soliloquio es un árbol cultivado en la reflexión. Plantado en tierra fértil, es una ofrenda al escucha, invitado a descifrar sus símbolos y a hacerla suya. A pesar de estar contenida en un soporte tecnológico, el cd, que a simple vista es frío, la música es cálida y viva, si nos atenemos a lo que escribió Adolfo Bioy Casares en La invención de Morel: “¿No debe llamarse vida lo que puede estar latente en un disco, lo que se revela si funciona la máquina del fonógrafo, si yo muevo una llave?”



El fonógrafo habrá cambiado de nombre, pero no la acción de poner en marcha una máquina que con los sonidos que reproduce puede contribuir a transformar nuestra vida, a hacer el mundo más habitable. Al poner su Exilio y las voces del soliloquio a disposición del escucha Miranda busca completar el acto de creación con quien desee establecer puentes con su discurso sonoro y anímico.
Alguna vez Marguerite Yourcenar escribió: “Nunca cierro nada, ni siquiera una puerta. Tengo libros y títulos en la cabeza que probablemente no tenga tiempo de escribir, pero en nuestra obra debe haber algo inacabado, como esa línea interrumpida que los alfareros mexicanos dejan en sus dibujos, para impedir que el espíritu quede prisionero”.
Quien piense que con Exilio y las voces del soliloquio se cierra una puerta se equivoca. Marcos Miranda mantiene otras puertas abiertas en mente y alma porque su espíritu es más libre a partir de este trabajo tan monumental como honesto. Su invención se ha renovado y su arte tiene, como la esplendente vegetación en la isla en que transcurre La invención de Morel, “más urgencia en nacer que en morir”.



Xavier Quirarte
Ciudad de México, 29 de noviembre de 2007








Marcos Miranda, el zen, el exilio y los soliloquios
Hablar de la música de Marcos Miranda, particularmente de su última producción, Exilio y soliloquios (siete discos en los que utiliza un instrumento para cada uno), es sumergirse en varias corrientes de la música contemporánea, desde sus influencias más evidentes, Olivier Messiaen, hasta las formas más audaces del free jazz y la música devocional sufí, pasando por su particular diálogo con Thelonious, Monk, Mingus y Parker. Sin embargo, si algo podía definirla mejor es la tradición zen y las incursiones musicales que a partir de ella hizo Steve Lacy .
 

La afirmación es un tanto audaz. Hablar del zen, una tradición que desconfía de cualquier experiencia de los sentidos como una forma de la maya (la ilusión), para hablar de la música hecha por un hombre nacido en Occidente, parece una pedantería. Sin embargo, si hacemos a un lado los prejuicios con los que Occidente ha llenado el zen, confundiéndolo con una religión atea y con un espíritu nihilista de improvisación y de experimentación, y nos colocamos en la sustancia de esa experiencia, podríamos comprenderlo. 

Si algo caracteriza al zen es su poner entre paréntesis esta realidad, para sumergirse con las manos desnudas en ese misterio que, inefable, llaman la Nada, y de ahí volver, purificado, a la experiencia de las cosas sin las telarañas de la maya. Al tocar la Nada –o lo que los occidentales llamamos Dios–, esa realidad inefable de la que nacen todas la cosas, el contemplativo mira la realidad desde allí y, al decirla, permite que captemos la irrupción del misterio en la carnalidad de lo real. De ahí que sus manifestaciones artísticas, como el haiku o la pintura, sean tan breves como esenciales. El arte zen despoja la realidad que ha captado de todas las ilusiones con las que nuestros deseos la han llenado y nos deja verla en su sustancialidad, en su semejanza con el Vacío y la Nada de la que emana, en síntesis, en su realidad divina.

Foto: cortesía de nomedites.blogspot.com
La música de Miranda nace de una experiencia semejante. Su experiencia del exilio –una metáfora en su realidad (Miranda llega a México a los cinco años siguiendo a un padre políticamente perseguido en su país), de la destrucción de la maya –; su incursión en la mística cristiana, el zen y el sufismo, y su exploración de la música conceptual –una música que sólo puede nacer de un soliloquio, es decir, de un diálogo interior con uno mismo, en este caso de un diálogo con ese otro Yo, esa Nada, ese Vacío, que, diría el poeta Claudel, es más yo que yo mismo–, lo han preparado largamente para ello. Exilio y soliloquios es así una purificación del sonido y sus armonías, una sustancialización que, como el haiku y la pintura zen, dejan pasar, en su minimalidad, el misterio de lo sagrado, la música emanando del Vacío. 



Su improvisación y espontaneidad, que lo acercan profundamente al free jazz, nada tienen que ver con el nihilismo con el que la incomprensión occidental ha rodeado al zen, sino con una larga disciplina espiritual que conduce a la pobreza de lo esencial; una pobreza que sólo surge cuando, después de recorrerlos, se han abandonado todos los caminos y se ha entrado desnudo en la Nada para hacerla resonar en la elementalidad misma, que es su expresión en lo real concreto. Quizás esta paráfrasis del Tao pueda decir mejor lo que la música de Miranda expresa: la música está hecha de silencios y sonidos, pero es el silencio el que permite que el sonido sea y podamos habitar la música.
Por ello, la música de Exilio y soliloquios no es, como toda la experiencia de Dios y de la vida en la que se manifiesta, algo acabado. Es, como lo señala Xavier Quirarte citando a Marguerite Yourcenar, una puerta siempre abierta e inacabada “como esa línea interrumpida que los alfareros mexicanos dejan en sus dibujos para impedir que el espíritu quede prisionero”. Cada una de sus expresiones musicales es así una experiencia que nos permite sentir en su finitud el infinito, la Nada, para usar el término zen, de la que la música emana y, al hacerlo, nos permite sentir algo del misterio del Todo.

Javier Sicilia




Marcos Miranda Multiinstrumentista (saxofón soprano y tenor, clarinetes alto, bajo, contraalto, ney, kalimba, salterio) y fundador de la Sociedad Acústica nació el 9 agosto de 1966 en La Paz, Bolivia, y llega a México en 1972. El gusto por la música siempre ha estado presente, de pequeño jugaba y tocaba diferentes cacharros, ya adolescente sus primeras influencias musicales fueron el funk (bump), el rock (Frank Zappa, Yes, Pink Floyd, Jethro Tull, Janis Joplin, etc.) después el jazz. con Dulke Ellington y el Modem Jazz Quartet, diez años de escuchar música lo volvieron un melómano, el dice esto fue mi verdadera escuela, escuchando desde A. Shónberg, 0. Messiaen, K. Stockhausen hasta A. Ayler, E. Dolphy, S. Lacy, J. Coltrane, C. Mingus, T. Monk, el Miles eléctrico y la música étnica principalmente oriental.




Empezó a los 23 años a tocar el sax soprano, tratando de imitar a los grandes saxofonistas del free jazz, esto lo llevo a estudiar en el taller de jazz: de la Escuela Superior de Música para acercarse a la música de¡ maestro Thelonious Monk, allí conoció a otros músicos de los cuales también aprendió, formando sus primeros ensambles musicales, principalmente dúos de sax y batería, esto hizo que desarrollara una forma personal de tocar, de tal manera que tuvo el honor de cerrar el XIII Y XIV Festival de Jazz de la E.S.M. con música de Don Cherry, otros lugares donde ha tocado es en el Café Jazzorca donde con su dueño el multinstrumentista Germán Bringas ha tocado y ha hecho diferentes producciones, como: Alas del amor, Sociedad Acústica de Capital Variable, Itinerantes y sus dos más recientes producciones en disco compacto Aisha María y Sama. Aisha Manía es el resultado de fa investigación musical de la kalimba (instrumento de origen africano) y en donde este es el instrumento protagonico, Marcos Miranda deja a un lado los alientos y toca exclusivamente la kalimba. La música del disco surgió primero como elemento terapéutico en la labor de parto; las composiciones surgieron a raíz del alumbramiento de su hija.







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Marcos Miranda, la espiritualidad a través de la música
Xavier Quirate, La Crónica, México, 3 de febrero de 1999





A sus cuatro años, Marcos intuye que está a punto de hacer algo prohibido. Pero esta mañana su madre no está en casa -su padre vive en el exilio-, así que coloca una caja sobre otra para alcanzar la parte superior del ropero de donde extrae un disco de música de protesta. Lleva el disco hasta la enorme consola, lo coloca en la tornamesa y de inmediato la sala se llena con el sonido de La internacional a todo volumen. Marcos se ha conectado con la música.

En esos días -fines de los sesenta, principios de los setenta- en La Paz, Bolivia, cunde la represión política, lo que impide que se escuche cierta música o se lean ciertos libros. Con su madre llega a México el 29 de febrero de 1972, y dos años después, durante la efervescencia de la música disco, suele ahorrar el dinero que le dan para ir a la escuela con el fin de comprar discos de ‘bumpin' de 45 revoluciones.

Escandalizado por sus adquisiciones, un día su padre le regala dos discos que habrían de cambiar su vida: Blues on Bach, del Modem Jazz Quartet, y New Orleans Suite, de Duke Ellington.

Al tiempo que escucha a grupos de rock como Led Zeppelin y Frank Zappa, grabaciones como Jack Johnson de Miles Davis y Meditations de John Coltrane amplían su horizonte musical. Coltrane, sobre todo en las grabaciones que hizo en 1965, lo lleva a concebir la música como un camino hacia la espiritualidad. Bajo su influjo, a los 14 años comienza a estudiar saxofón soprano y tenor, pero después de dos años dejó de tocar porque su gusto por tratar de reproducir el sonido de Albert Ayler, Pharoah Sanders y Evan Parker---música que nadie quería escuchar- fustra cualquier intento de formar un grupo. Diez años de silencio fueron llenados con investigaciones en tomo al jazz, la música contemporánea y la música étnica de diversos rincones del planeta.
Al cabo de una década obedeciendo a un llamado interno, Marcos Miranda retornó a la música para convertirse en uno de los saxofonistas más desafiantes de su generación. "Aunque había dejado de tocar, me había nutrido mucho escuchando, todo tipo de música, así que cuando tocaba se advertía que había estudiado. —dice entrevista—. Aunque este alejamiento implico ciertas limitaciones técnicas en el lenguaje de la música, tambien tuvo sus ventajas porque me ha permitido desarrollar mis proyectos".



Después de grabar un caset de manera independiente con su grupo Sociedad Acústica de Capital Variable advirtió que grabar un disco de jazz era prácticamente imposible. "Era enfrentarse a un medio muy obtuso y, por otro lado, había gente que me hablaba de cantidades estratosféricas. Me decían que el proceso de grabación de su disco costaba 130 mil pesos, y esto era hace dos años".

Descorazonado, una noche viajaba en un pesero pensando en las dificultades que implicaba grabar los proyectos que había desarrollado con diversos músicos, cuando tuvo la corazonada de que no debía preocuparse por el dinero, que las cosas se irían dando . Con tres discos en el mercado, Sama (MEISA, 1998), Aisha María (Jazzorca Records/Opción Sónica 1998) y Umbral (Ediciones Pentagrama, 1998), y tres más en proceso de producción, Marcos Miranda se ha convertido en un caso sui generis en el panorama jazzístico, nacional.

"Se necesita el dinero para hacer una grabación, pero las cosas se han ido resolviendo, gracias a Dios o al destino, como quieras llamarlo --dice el saxofonista---. Pero, por otra parte, también es resultado de mucho trabajo. Entre el estudio de los instrumentos, los ensayos, conseguir productores y otros menesteres ha sido un trabajo de 20 horas al día.

--- Resulta alentador constatar ------que cada uno de estos proyectos es distinto, aunque todos implican la espiritualidad en la música. "Esencialmente siempre eres uno, y esta búsqueda de la realización a través de la música atraviesa por varios lenguajes. Decir espiritualidad no significa que alguien te hable de Dios exclusivamente, sino que implica la conciencia completa del ser humano"

Aisha María explora la sonoridad de la kalimba, instrumento africano al que se agregan la trompeta, el piano, los teclados, las percusiones y la zampoña de Germán Bringas, las voces de Silvie Henry y Claudia Montiel, las percusiones de Santiago Fortson, la marimba de Pepe Navarro, el contrabajo de Rodrigo Castelán.



"Desde muy pequeño comencé a tocar la kalimba y me ha hecho pasar muchos momentos placenteros, así como a la gente con la que he compartido su sonido. Muchos músicos la tocan, pero no hay un solo disco de kalimba en un lenguaje occidental, aunque sí existen muchas grabaciones de música étnica de ciertas partes de Africa exclusivamente con este instrumento, del que ellos son los maestros. Aisha María es toda una reflexión en torno a la kalimba, resultado de investigar el instrumento durante varios años. Es un proyecto muy emotivo que tiene que ver con el momento de la gestación de la vida".
 
Con Oscar Ogando Jaimes (tambor de chontal, guitarra quinta huapanguera, kalimba, berimbau, ollas de barro y otros instrumentos de percusión) y Douglas Tarnawiecki (piano, teclados y otros instrumentos), Marcos forma parte del grupo Itinerantes, que grabó Umbral a partir de la experiencia mística de tocar una serie de conciertos en la capilla abierta de Tlalmanalco, construida hacia la mitad del siglo XVI. La música de Itinerantes -escribe Marcos en las notas del disco--"es una reflexión de lo que implica ser un hombre en los albores del siglo XXI: considerar, utilizar y resemantizar todas nuestras raíces y proyecciones, no sólo culturales y musicales, sino también espirituales e históricas".

Sama, grabado a dueto con el baterista y percusionista Santiago Fortson, con Amina Teslima (voz), Jorge González (timbales) y Huitzilín Sánchez (teclados) como invitados, forma parte de un ambicioso proyecto editado por MEISA que incluirá un disco a dueto con Sánchez -dedicado a reínventar la música de Thelonious Monk-, otro con el saxofonista Remi Alvarez y otro con el contrabajista Fernando Zapata. "He trabajado muchos años con cada uno de los músicos con los que he grabado estos duetos, pero cada uno de los proyectos tiene un lenguaje y un propuesta estética diferente.

La denominación del grupo Sama proviene de las letras iniciales de los nombres de Santiago y Marcos, si bien leyendo el libro Sufismo vivo el saxofonista encontró que en árabe la palabra significa oír. "Además tiene otras acepciones. Se le llama así a la ceremonia de los derviches giradores; también quiere decir los sietes cielos o concierto cósmico, lo que refleja la música que tocarnos".



Para Marcos Miranda, el jazz, como todas las artes, es una expresión del espíritu humano. "E] jazz, como fue creado por un grupo de individuos en una situación muy particular, tuvo un afán de buscar la libertad espiritual, cuando la libertad concreta no era posible. En Estados Unidos hasta los años sesenta se reconocieron los derechos humanos de todos sus pobladores, cuando en otros países la igualdad se había decretado hace más de un siglo. El jazz es entonces un lenguaje de búsqueda de la libertad y de la espiritualidad.

Sin embargo, en los últimos años el jazz ha tenido que luchar contra el mundo corporativo. "Siempre había tenido un lenguaje muy propio, pero ahora pareciera que ciertos troncos del jazz -no todos- han querido perfeccionar las técnicas que se hicieron en el pasado. Tenemos, por ejemplo, a Wynton Marsalis tratando de sonar más limpio que Duke Ellington".

Pero gracias a músicos como Marcos Miranda y quienes lo acompañan en sus diversos proyectos, el jazz muestra que su vida está lejos de agotarse. "Siento que está terminando el ciclo de lo que llamo el jazz yuppie y se está entrando a un ciclo con oportunidades de expresión más libres, más genuinas. Incluso uno puede ver revistas como Down Beat, que hace dos años no incluían reseñas de discos o conciertos que no fueran de jazz corporativo. Está cambiando la dirección del viento. Esto quiere decir que el jazz va a dejar de ser tan neoliberal. como lo fue en los ochenta y los noventa".



En una faceta distinta Marcos Miranda, nos muestra un lado más amable de su música, en esta producción se hace acompañar por diferentes músicos: Silvie Henry y Claudia Montiel en voces, Santiago Fortson en percusiones y kalimba y coautor de algunas piezas, Rodrigo Castelán en contrabajos, Huitzilín Sánchez en composición, kalimba, percusión y palo de lluvia, Pepe Navarro en marimba y composición Germán Bringas coautor de varias piezas, trompeta, zampoña, piano, teclado, ocarinas y guajes. Todos ellos aportando diferentes sonoridades, en el que predomina un estado de animo de reflexión y relajación idóneos para la meditación.